Regístrate
Estás leyendo: ¡Llévame al parque de pelota!

Casa Llena

¡Llévame al parque de pelota!

Antonio Canseco

Publicidad
Publicidad

“Uno puede observar muchas cosas, con tan sólo mirar.”


Yogi Berra

He visto infinidad de partidos de béisbol por televisión, otros tantos he seguido con atención en los años recientes gracias al internet y los nuevos sistemas de comunicación y aplicaciones. Más no siempre fue así, en mis inicios escuchaba las transmisiones radiofónicas en amplitud modulada (AM) –hoy prácticamente funcionando en la clandestinidad- del venezolano Juan Vené presentador oficial de juegos de los Yankees de Nueva York en español y de Jaime Jarrín la voz oficial de los Dodgers de los Ángeles llevando a la par y con la mayor pulcritud posible las anotaciones de cada encuentro, algo que me permitía recrear cada jugada pese a no tener una sola imagen de lo que sucedía en el campo de juego. Muy lejana estaba entonces la televisión por cable, que ahora nos permite ver béisbol prácticamente todos los días de la semana. Sin embargo, debo de confesar, que pese al avance tecnológico y la enorme difusión del juego, nada se compara a asistir a un parque de béisbol.

Definitivamente es en el campo de béisbol donde se aprecia la riqueza y emoción del juego, donde se puede disfrutar cada lanzamiento, donde se es capaz de distinguir una curva de una recta o de un cambio de velocidad y donde a la par se pueden apreciar las formaciones a la defensiva para cada bateador dependiendo de las condiciones del juego o del número de outs. Resultando siempre de interés el tratar de descifrar las señales de los coaches antes de cada lanzamiento; esto sin dejar atrás los deliciosos manjares y comida rápida que se puede devorar a lo largo de un encuentro. Son tantas circunstancias las que conlleva un juego de béisbol, que solo se pueden vivir a plenitud desde un asiento, butaca o grada de un parque.

Y traigo todo esto a colación, querido lector, porque el pasado domingo mientras observaba como dramáticamente los Yankees de Nueva York -habituados de manera singular con gorras que lucían su abreviatura en color azul rey, en vez del tradicional blanco y en las que también se podía apreciar un moño del mismo tono, así como muñequeras, bates y spikes especialmente confeccionados en tonalidades azul turquesa, celeste o rey como parte del tradicional festejo de MLB del Día del Padre- vencían a los Atléticos de Oakland con un triple play en la novena entrada –el tercero que logran en la actual temporada y que empata un récord que contados equipos pueden presumir- que les permitió conseguir una ajustada victoria de 2-1, supe que la mejor forma de celebrar el día del padre en esta ocasión era escribiendo lo que aquí les comparto.

He tenido la fortuna de poder asistir a muchos parques de pelota, desde los más impresentables que se pudieran concebir y donde la práctica del juego fue casi imposible, hasta los modernos, cómodos y espectaculares que han sido edificados en los años recientes y donde apreciar un juego de béisbol es un placer para los sentidos. Al pensar en ello, también me ha sido fácil reflexionar que el tiempo ha dejado sentir su huella y muchos, muchos de los que conocí y visité son hoy en día tan solo un recuerdo, dado que han sido demolidos, destruidos o simplemente borrados del mapa en aras del cambio y el progreso.

Tal vez por ello, porque se trata de un grato recuerdo, les comparto la primera vez que fui a un parque de pelota. Creo yo, que no pude debutar de mejor forma. Tenía escasos 7 años, ni siquiera entendía bien a bien el juego y mi padre me llevó al parque de pelota. Era una tarde soleada en Tampico, esa Ciudad y Puerto del estado de Tamaulipas donde muchos años atrás mis padres nacieron y se conocieron. No puedo olvidar que en aquella ocasión como muchas otras que he tenido la fortuna de estar en Tampico, pese a ser casi de noche, el calor húmedo que se dejaba sentir me adhería la ropa al cuerpo, como si me hubiera zambullido a una alberca, aún vestido.

En esa ocasión, se inauguraba la temporada de la Liga Mexicana de Béisbol del año 1976 y para mi sorpresa y asombro mi papá estaba sobre el montículo rodeado de un grupo de personas y fotógrafos para lanzar la primera bola del juego. Los Alijadores de casa iniciaban la defensa de su campeonato y allí estaba yo como testigo de tan memorable ocasión. Al verlo lanzar la pelota con fuerza hacia el home y hacer un blanco perfecto en la mascota del catcher se generó en forma instantánea un largo y caluroso aplauso que a la par me permitió obtener mi primer recuerdo de un estadio de béisbol. Han pasado décadas desde aquella tarde, pero en mi mente la imagen de aquel momento permanece imborrable.

Los Alijadores de Tampico fueron un equipo de época y gloria del que hoy poco o casi nada se sabe, dice o comenta. Durante las décadas de los años treinta y cuarenta en las que el Puerto de Tampico vivió su mayor esplendor gracias al auge petrolero que había llevado no sólo el primer vuelo comercial de la aviación en México a ese destino, sino un cúmulo de importantes inversiones y negocios, el béisbol también vivió sus mejores momentos e incluso tuvo temporadas en las que el juego fue más espectacular y de mejor calidad que el de las Ligas Mayores.

Grandes estrellas e incluso destacados miembros del Salón de la Fama del Béisbol brillaron en ese estadio, para muestra basta mencionar que el único e inigualable Martín Dihigo, venido de Cuba y que era capaz de jugar las 9 posiciones del campo a la perfección, en calidad de visitante y como lanzador estelar de las Águilas del Veracruz estableció en 1938 el récord del mayor número de bateadores ponchados para un juego de 9 entradas de la Liga Mexicana de Béisbol en el Parque Alijadores al lograr 18 de los 27 outs de aquel memorable juego por la vía del ponche. Ese año, 1938, el también llamado “Maestro” por sus compañeros de equipo y rivales logró obtener la Triple Corona de pitcheo. No sobra decir, para aquellos que nunca le vimos jugar, que Dihigo es sin duda alguna uno de los más grandes jugadores de la historia de este deporte y tal vez, el más grande y completo jugador de béisbol de todos lo tiempos.

Aquellos Alijadores lograron obtener el bicampeonato en las temporadas 1945 y 1946 de la mano del manager cubano Armando Marsans, quien tras el retiro y haber sido el primer jugador latinoamericano en vestir el uniforme de los Yankees de Nueva York, se había establecido con gran éxito y prestigio en nuestro país. Ese fue un equipo de época, que llenó de alegría y orgullo a Tampico y en el que brillaron con intensidad el primera base mexicano Ángel Castro, así como los destacados lanzadores abridores Jesús “Cochihuila” Valenzuela oriundo de Culiacán, Sinaloa y el zurdo cubano Manuel “Cocaína” García, sin poder también dejar de mencionar al cubano Santos “El Canguro” Amaro, toda una garantía en los jardines y al bat.

Otros grandes jugadores vistieron con orgullo la camisola de los Alijadores en esas dos décadas de excelencia, entre ellos el distinguido miembro del Salón de la Fama, James "Cool Papa" Bell, que por causa de las políticas de discriminación racial nunca llegó a jugar en las Grandes Ligas, pero que sigue siendo considerado el jugador más rápido del béisbol, Murray Franklin, Chet Brewer, Andrew Pullman, el catcher Tom Young,  el lanzador norteamericano Henry McHenry, Pedro “Charolito” Orta, el también pitcher cubano Lázaro Medina y el por supuesto tercera base mexicano, Héctor Rodríguez,

Debo confesar aún con asombro, que lo que mis ojos pudieron ver esa tarde-noche de 1976 durante el desarrollo del juego, jamás lo he visto y creo firmemente que jamás lo volveré a presenciar en ningún otro parque de béisbol, pues tan solo unos años después de aquella visita y en buena medida como consecuencia del paro laboral que tuvo lugar en 1980 en la Liga Mexicana de Béisbol, que fracturó y minó a nuestro béisbol en aquellos años, el estadio de los Alijadores ubicado en los márgenes del río Panuco se convirtió tristemente, -al desaparecer el equipo- en un almacén de carga y descarga para los barcos que llegan a ese Puerto del Golfo de México.

Durante el desarrollo de aquel juego, en el que una nueva generación de peloteros ya vestía la franela de los Alijadores, los otrora campeones de la temporada 1975 de la Liga Mexicana de Béisbol y en el que destacaba sin lugar a dudas la presencia de el “Superman de Chihuahua” Héctor Espino, pero que también contaba con jugadores de la calidad del pitcher y gran bateador norteamericano Joe Pactwa, así como de peloteros de la capacidad de Lorenzo "Carbonero" López, Eddie León, Bulmaro García y Leo Figueroa, que por si fuera poco contaba con el talento y la dirección del manager mexicano y también exligamayorista Benjamín "Papelero" Valenzuela; mi padre me habló al oído y me indicó que no dejara de observar el jardín derecho, -seguramente estaba distraído o incluso aburrido-, no se puede pedir mucho con 7 años de edad en una actividad que dura por lo general tres horas. Unos instantes después de su comentario y con el juego en curso, como por arte de magia apareció por una especie de puerta que dividía las gradas del parque en esa zona del estadio, un tren que ingresó lentamente al campo de juego haciendo sonar su silbato, interrumpiendo momentáneamente las acciones del encuentro al cruzar de un lado al otro del terreno de juego, para salir del campo y del estadio con rumbo a su destino final, la estación del ferrocarril. Todavía recuerdo que algunos jóvenes y niños que iban trepados y colgados en los vagones del tren, -aún se les dice moscas- aprovecharon de la venturosa localización de la vía para bajar en pleno alboroto y tomar un asiento en las gradas del estadio, obviamente sin haber pagado su boleto.

Muchos años después de mi única asistencia a ese parque de pelota, me habría de enterar que mi abuelo el Dr. Carlos Canseco, un distinguido cirujano que dejó enorme huella en el Puerto tanto por su capacidad profesional y altruismo, como por sus prodigiosas manos que en cientos de ocasiones salvaron vidas, tenía asignado un palco justo detrás de home, en ese pequeño estadio cuyo graderío originalmente fue de madera. Por lo que en las pocas y contadas ocasiones que su labor le permitió asistir, me dicen quienes lo presenciaron, era invariablemente recibido entre aplausos, como si se trataré de un consagrado pelotero.

Volviendo a mi relato, ya entrada la noche, culminado el encuentro, todavía con la emoción de lo acontecido y de camino a casa de mis abuelos maternos, mi padre, tal y como solía hacer a edades tempranas con mis hermanos y conmigo mismo cuando él y mi madre nos llevaban al cine, al teatro, de viaje o alguna de las tantas actividades a las que generosa y formativamente nos invitaban, me preguntó: ¿qué me había gustado y qué no me había gustado del juego? Mientras me hacía entrega de la pelota con la que había lanzado la primera bola del juego, pero que ya lucía tapizada por los autógrafos de cada uno de los jugadores y el manager de los Alijadores que le habían obsequiado en agradecimiento a su apoyo al equipo y a su visita al parque de pelota. 

Al respecto, debo decir, que esa pelota sigue conmigo acumulando temporadas como muestra tangible del venturoso recuerdo que hoy les he relatado. Y aunque mi memoria no me permite recordar lo que le contesté a mi padre respecto de aquella primera vez, hoy a la distancia, tras una larga y duradera afición compartida por el béisbol y más allá del impacto que a un niño de tan corta edad le pudo causar ver pasar el ferrocarril en medio de los jardines en pleno juego de béisbol, no puedo más que decirle: ¡Gracias papá! ¡Gracias por haberme llevado al parque de pelota!

casallena@live.com.mx 


Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MEDIO TIEMPO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Cargando comentarios...