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Casa Llena

El béisbol y el valor de los objetos y reliquias deportivas

Antonio Canseco

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“Las cosas solo tienen el valor que les damos”

Molière

Hace tan sólo unos días leía con asombro que en una subasta que tuvo lugar en los Estados Unidos se concretó la venta de una tarjeta (baseball card) de Mickey Mantle impresa en el año 1952 en 12.6 millones de dólares. Tal circunstancia le permite a ese pequeño objeto de cartón y tinta, carente de la firma autógrafa del beisbolista en cuestión, convertirse en el objeto deportivo o vinculado al deporte que ha alcanzado el más alto valor comercial de la historia.

Adentrándome en el tema, descubrí también que el gran Mickey Mantle en su carrera como jugador de béisbol profesional con los Yankees de Nueva York (1951-1968) obtuvo ingresos por poco más de un millón 100 mil dólares, esto incluyendo su salario y diversos contratos publicitarios. Esa importante suma de dinero generada hace más de cincuenta años refieren los expertos en economía si fuera actualizada a nuestros días equivaldría a haber recibido poco más de 9 millones de dólares de 2022. De ese tamaño fue la riqueza y fortuna que le produjo practicar el béisbol al hijo pródigo del estado de Nebraska.

​La deslumbrante y notoria diferencia que existe entre lo generado por el jugador en su vida profesional y lo obtenido por un coleccionista al subastar un objeto que ni siquiera perteneció o utilizó en alguno de sus encuentros el jardinero de los Yankees, hace más que necesaria la reflexión en torno al tema, pues por más que me esfuerzo en entender lo sucedido querido lector, en verdad menos lo entiendo.

¿Porqué un tarjeta conmemorativa o también llamada de colección, un bate, un guante o una pelota pueden alcanzar sumas de dinero muy superiores al valor y esfuerzo humano que implicó su elaboración? ¿Porqué hay en el mundo gente dispuesta a pagar sumas estratosféricas de dinero por poseer o detentar un objeto o artículo deportivo? ¿Qué es lo que finalmente le da valor comercial a un objeto? 

Esas y otras preguntas surgen en mi mente en torno al hecho ya comentado y estas son algunas de mis reflexiones.

Desde que el legendario Babe Ruth provocará una revolución en el mundo del deporte, atrajera multitudes a los estadios y su enorme carisma lo convirtiera en el primer ícono del deporte mundial, vio la luz, una hasta entonces desconocida fuente de negocio y riqueza. Los deportes profesionales encontraron gracias al fenómeno social que representó Ruth nuevas formas de comercializar su producto y enfocaron sus baterías en generar mayor utilidad y plusvalía a sus inversiones. Ese acto de comercialización dio origen a la interminable carrera en pro de maximizar los beneficios económicos, una carrera que tiene ya más de cien años de existir y que ha fomentado y producido nuevos mercados, los ejemplos sobran, e incluso producido efectos colaterales como el de dar valor comercial a objetos deportivos o relacionados con la vida y carrera deportiva de sus usuarios y derivado de ello, por absurdo que parezca, pero totalmente cierto, de dar un sentido de pertenecía a los aficionados que comúnmente portamos gorras y camisetas de nuestros equipos o jugadores favoritos, objetos que simplemente y sencillamente son réplicas de las que ellos usan comúnmente en los campos de juego y que a nosotros nos sirven para algo más que vestirnos.

Para conocer los alcances de la suma recientemente lograda por la tarjeta de Mantle, basta comentar que el objeto deportivo con el mayor valor comercial y también como resultado de una subasta lo era la tarjeta de colección (baseball card) de Honus Wagner la famosa T206 de la American Tobacco Company impresa en 1902 y que es considerada en el mundo de los coleccionistas como la “Mona Lisa” de las tarjetas de béisbol, esto en obvia referencia al valor y culto que existe en el mundo del arte respecto a la mítica pintura de Leonardo Da Vinci a la que millones de personas visitan años tras año, en el Museo Louvre de París.

Dicha tarjeta subastada en 7.25 de millones de dólares, se trata de una impresión de principios del siglo pasado de edición limitada, una de las primeras de la historia en haberse elaborado y que contiene tanto la información como el retrato de la gran estrella y parador en corto de los Piratas de Pittsburgh, uno de los primeros cinco jugadores profesionales de béisbol en haber sido electos al Salón de la Fama del Béisbol. No obstante las características ya mencionadas, resulta más que evidente, que se trata de un monto desproporcionado y excesivo por la adquisición de un objeto que estamos plenamente seguros costó unos cuantos dólares hace ciento veinte años. Un objeto que literalmente se ha convertido en el tesoro de su nuevo y anónimo propietario pues yace en la bóveda de seguridad de un banco.

Somos nosotros, los seres humanos, los que le damos valor a los objetos, como atinadamente establece el aforismo del gran dramaturgo francés, tanto el valor sentimental que otorgamos a los mismos, como el económico y comercial que pueden alcanzar. Son nuestras creencias y ambiciones, nuestra codicia e incluso nuestro de deseo de poseer y detentarlos lo que provoca y seguirá provocando estos fenómenos que carecen de lógica y racionalidad. Quien haya presenciado una subasta en vivo y directo y vivido esa adrenalina que culmina con el martillazo que adjudica al mejor postor el objeto subastado y muchas veces del deseo, sabrá perfectamente lo sucede en la mente de quienes tratan de comprar un objeto y de quien lo vende.

Para concluir los dejo con esta reflexión, sobre el valor de los objetos, no del mundo del béisbol, pero si del deporte y en específico del fútbol, ero que ejemplifica no sólo la naturaleza humana, sino la capacidad de valorar en forma diametralmente opuesta objetos similares.

Dentro de algunas semanas se habrá de cumplir el segundo aniversario de la muerte del futbolista argentino Diego Armando Maradona. Como era lógico y previsible con el fin de su existencia y la gloria deportiva que le precedió en los campos de juego, se activó el interés y deseo de atesorar el mayor número de reliquias en torno a la gran estrella de la selección Argentina y de otros equipos del orbe. En este corto período de tiempo que no supera los 24 meses, ya hemos podido presenciar dos conductas diametralmente opuestas, pero muy significativas y que ejemplifican el valor comercial y el valor sentimental que puede llegar a alcanzar un objeto deportivo.

Durante el Mundial de Futbol celebrado en nuestro país en 1986, el futbolista argentino y capitán de su selección brilló con intensidad y materialmente llevó a su equipo a la obtención de ese campeonato. En los cuartos de final de aquel torneo y con el antecedente y latente recuerdo de la guerra que se produjo por el control de las Islas Malvinas se enfrentaron en la cancha del Estadio Azteca las selecciones de Argentina e Inglaterra. La victoria como sabemos correspondió a los patagónicos con dos goles de Maradona, el primero materialmente convertido con la mano y el segundo con un absoluto control y dominio del balón, una demostración de talento que pareció detener o congelar al mundo por unos instantes y que le permitió estallar de júbilo cuando el balón se introdujo en la portería rival. Culminado el partido argentinos e ingleses tomaron el tunel sin cambiar camisetas, no obstante ser común en esta clase de encuentros hacerlo, pero que así sucedió con tal de no generar más enfrentamientos de los que hubo en las gradas entre sus aficionados, mundialmente conocidos como los más salvajes y violentos del planeta, al menos en esos tiempos, -Hooligans y Barras bravas- ya en el acceso a los vestidores el jugador inglés Steve Hodge un mediocampista de discreta carrera y poca trascendencia se armó de valor y pidió al fenómeno argentino intercambiar camisetas. Tras la aceptación y trueque Hodge escondió la misma en sus calzoncillos y entró al vestidor de su equipo sin hacer mayor comentario. Esa camiseta de la que nadie supo su destino y paradero hasta la muerte de Maradona fue subastada hace unos meses por la prestigiada casa de subastas Sotheby's en 9.3 millones de dólares. Una cifra muy, pero muy superior a la que el jugador inglés hizo o logró acumular como jugador profesional de futbol.

En contraposición hace tan sólo unas semanas, otra camiseta de Maradona salió a relucir, una tan importante y simbólica como la ya comentada, la camiseta con la que el argentino se coronó campeón mundial de fútbol en México. La camiseta con la que “el Diego” y su equipo vencieron 3 goles a 2 a la selección de Alemania y con la que Maradona obtuvo su mayor logro deportivo. Una reliquia que tras la algarabía de la victoria y la emoción de la premiación, incluida la vuelta olímpica en el dos veces estadio mundialista fue intercambiada con el mediocampista y leyenda del fútbol alemán Lothar Matthäus. Sin embargo, esta vez, el objeto que perteneció a la estrella argentina no fue subastado o puesto a la venta, sino donado por su todavía poseedor y dueño al proyecto Legends que en breve abrirá en la capital española el Museo relativo al fútbol más importante del mundo; una camiseta que simbólicamente fue entregada a la afición argentina en las instalaciones de su Embajada en España y que constata uno de los actos de mayor decencia y generosidad de que se tenga memoria y que deja entrever la calidad humana de su autor, el también campeón mundial en 1990 y participante en cinco Copas del Mundo, quien simplemente rubricó una de sus mejores acciones dentro y fuera de los campos de juego con la siguiente declaración: “Siempre ha sido un gran honor jugar contra él porque, sencillamente, era el mejor; no solo como jugador, también como ser humano, ha sido una persona muy importante para mí. Es una pena que no esté aquí hoy, pero Diego va a estar siempre presente en nuestros corazones y ahora también en el museo.”

Hasta aquí por hoy, aunque nos queda mucho, mucho por reflexionar en torno al valor de los objetos y su presencia e importancia en nuestras vidas.

CÍRCULO DE ESPERA

Concluyó la temporada de la Liga Mexicana de Béisbol con el triunfo de los Leones de Yucatán, una novena que supo venir de atrás en las series de playoffs y la del Rey. Un equipo que en calidad de visitante logró derrotar en un séptimo y definitivo juego tanto a los Diablos Rojos del México, como a los Sultanes de Monterrey. Enhorabuena al nuevo campeón, que como el popular dicho, “la tercera, fue la vencida.” Una felicitación adicional para su manager Roberto Vizcarra que ya está en los libros de récords. Sus logros tanto en la Liga Mexicana de Béisbol, como en la Liga del Pacífico ya lo colocan en el mismo lugar de privilegio en la historia del béisbol mexicano que detentan los managers ya fallecidos, pero inmortales Benjamín “Cananea” Reyes y Francisco “Paquín” Estrada.

En contraste, el sonoro y rotundo fracaso de los Diablos Rojos del México quienes ya cargan sobre sus hombros tanto el escándalo generado por el uso indebido de imágenes televisivas para presuntamente espiar y detectar los lanzamientos de los equipos contrarios y que ya produjo resultados negativos y sanciones al equipo de la capital. Una determinación que además exhibió el desorden y el caos que reina en su directiva, pues fue incapaz para dar una explicación coherente y más aún de plantear una defensa sólida, dado que tuvo que ser el propio dueño del equipo y a toro pasado, el que a través del uso de sus redes sociales fijara la postura del equipo y expresara públicamente que habrían de impugnar la resolución de la Liga; como en lo deportivo y en el campo de juego por haber perdido una ventaja de ocho carreras faltando dos entradas para ganar la Serie ante Yucatán y de paso permitirles obtener el título de campeones de la División Sur. Un largo otoño e invierno le espera a su dueño y gran promotor del béisbol en México el contador Alfredo Harp Helú, quien deberá reflexionar y mucho sobre lo sucedido y sobre la enorme presión que implica para sus jugadores el tratar de obtener un campeonato más para las vitrinas de los Rojos del México bajo su gestión. ¿Será tiempo de vender y alejarse del equipo de sus amores para que regresen los campeonatos?

casallena@live.com.mx

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